Me pasó mientras entrenaba en el gimnasio. Mi entrenador Amado Hernández, me enseñaba un circuito de ejercicios, donde además de trabajar diversas partes del cuerpo, ejercitaba la coordinación de movimientos.
Cuando lo vi, pensé de inmediato lo difícil que sería realizarlos sin equivocarme. “Movimiento de la pierna derecha, levanta la mano izquierda, y haces la sentadilla”, me decía Amado. Yo lo miraba como si hablara en ruso y yo no entendiera lo que me estaba indicando.
Las primeras veces que intenté el ejercicio, me volví un disparate. Intentaba coordinar y fue un desastre.
Hasta que dejé de pensar. Y comencé a hacer. Y los movimientos empezaron a fluir. Al poco rato, ya todo salía con una coordinación muy distante a la ofuscación del principio.
En ese momento, pensé en como esa situación era un reflejo de muchos de nuestros comportamientos, no solo con los ejercicios, también con aspectos muy relevantes y necesarios para nuestro Bienestar.
Hoy, extrapolaremos eso a la vida de cualquiera de nosotros.

“Para emprender ese nuevo negocio, necesitas aprender nociones de mercadeo, uso de redes, contabilidad, tocar puertas, etc. etc.”, la respuesta automática suele ser: “yo no puedo hacer todo eso, no sé cómo hacerlo.”
Y te quedas bailando la danza del miedo. La que paraliza. Esa tan seductora que hace que permanezcas en ella y postergues tus sueños.

Tengo unas amigas que tras divorciarse de una vida anterior, intentan hoy en una nueva fase de sus vidas, reiniciar en el plano laboral con un negocio de comida empresarial. Vi que el proceso se retrasaba más de lo habitual y pregunté, ¿qué estaban esperando, para lanzarse a captar sus primeros clientes?, las respuestas, me sonaron a excusas: “el abogado se retrasó con el nombre, no tenemos logo, etc…. Hasta que un par de días después, me dijo una de ellas, “no empezamos, porque tenemos miedo. No sabemos cómo hacerlo y además no queremos volvernos a equivocar”.

Con una genuina sinceridad, preguntó qué debían hacer, entonces me acordé del día de la rutina de ejercicios del gimnasio, y le comenté: ¿sabes cómo se logra?, piensen menos y hagan más.
Me puse muy contenta cuando una semana después vi a través de Instagram, el primer trabajo que esta pareja de queridas amigas emprendía.

Lo hicieron porque a pesar de sentirlo, cruzaron el umbral del miedo y decidieron accionar.
Y es que la única manera de conseguir lo que queremos es HACIENDO y desafortunadamente perdemos mucho tiempo analizando los ¿qué pasaría? ¿Cómo sería? ¿Y si esto me acontece?
Estimulamos el miedo que se pasea más orgulloso con cada suposición, con cada pregunta y se hace más grande, ejerciendo su control en muchos de nuestros actos.
Y es que la mayoría de las veces, los mayores obstáculos no vendrán del entorno exterior, los miedos fuertes son los que vienen de dentro de nosotros mismos. Esa sensación de que no somos capaces, de que no seremos suficientes ante las exigencias del nuevo reto, o de que no volveremos a ser amados cuando insistimos en permanecer en una relación a sabiendas de que no nos conviene.

Enfrentar el miedo al fracaso, a equivocarnos, al rechazo, es parte de ese ejercicio que habremos de hacer a diario, para poder descubrir las oportunidades que están a la espera de los que se atreven.
¿Cómo enfrentarlo? HACIENDO las acciones necesarias, a pesar del miedo. Solo se combate el miedo, enfrentándolo, nunca evadiéndolo. Las evasivas lo hacen más grande y cada vez más dueño de tus actos.

Los que tienen éxito emprenden a pesar del miedo.
Y ellos también sienten temor, solo que eligen usarlo como un motor que los acerque a lo que desean.
Nuestro entorno, tiende a promover más el miedo que la confianza y los resultados de esto es que permanecemos en zonas de confort que entorpecen la realización de nuestros ideales.

Cuando reconoces que la “comodidad” se sustenta en el miedo, cuando te atrevas a pensar menos en lo que podría pasar y te atrevas a hacer más, te garantizo que verás nuevos resultados.

Este es tu tiempo para la acción. Imagina “aquello” que no te has atrevido aún y mírate parado en la punta de un trampolín tan alto como tu deseo, concéntrate en lo extraordinario que te espera, alimenta ese deseo para que a pesar de la altura, del miedo a tocar el fondo, de no tener quien te acompañe, decides no pensar y te animas alanzarte.
Que sensación de libertad y fuerza da el atreverse.
No importa lo que pase, al final, solo haciendo, aprenderás.