Durante años se ha asociado al dinero con la felicidad. Trabajamos duro para acumular con la convicción de que mientras más tengamos obtendremos facilidades que provocarán la anhelada sensación de felicidad que procuramos todos.

Hay muchos estudios orientados a buscar la relación dinero-felicidad, uno de ellos sustentado por Daniel Kahneman, psicólogo de origen israelí que en 2002 fue reconocido con el Premio Nobel de Economía y que fue catedrático de la Universidad de Princeton en Estados Unidos. En este trabajo, aunque la mayoría reconoció que un ingreso mayor provoca un mayor bienestar, los investigadores encontraron que quienes perciben ingresos más altos no necesariamente la pasan mejor.

Los investigadores, al cruzar respuestas de aquellos que ganaban menos de 20,000 dólares al año con los que generaban más de 100,000 en el mismo periodo, observaron que mientras los primeros destinaban casi el doble de tiempo a conversar con sus amigos y demás actividades recreativas y placenteras, las personas de mayores ingresos pasaban la mayor parte del día en labores “obligatorias” como el trabajo, y cuando se trataba de “pasarla bien” no era raro que recurrieran a actividades sencillas y nada costosas.

Mi intención dista mucho de proyectar al dinero como un enemigo del bienestar; sólo persigo provocar la atención de muchos que se dejan tentar y convierten en obsesión la necesidad de producir dinero, aunque en el camino vayan perdiendo las razones por las que necesitan tenerlo.

No significa que no debamos preocuparnos por lo material (que sí me ocupa, y mucho); sólo que enfoquemos también el “para qué” lo procuramos, no vaya a ser que la causa principal de nuestra motivación para hacer dinero tenga como efecto perder muchos de los aspectos esenciales para bien vivir.

Si eres de las personas que por el trabajo, por lo regular no encuentran el tiempo para hacer alguna actividad recreativa, reunirse con amigos, propiciar momentos de valor en pareja o la familia, te harías un valioso aporte si haces una introspección y te preguntas qué podrías hacer para lograr un equilibrio que te permita sustentar lo que es importante.

Para ilustrar este planteamiento mejor, hay algunos aspectos fundamentales sin los cuales no podría generarse la felicidad y que, por fortuna, no se compran con dinero.

Buena salud. El dinero puede garantizarnos un buen seguro médico, acceso a excelentes centros hospitalarios y los mejores especialistas; sin embargo, no puede detener un mal diagnóstico. De haber podido hacerlo, probablemente Steve Jobs hubiera entregado su cuantiosa fortuna para eludir el cáncer en fase 4 que terminó con su vida. Y tú, mientras puedes responder, ¿qué estás haciendo por tu salud física y emocional? ¿Qué tiempo dedicas a ejercitarte? ¿Cómo cuidas tu alimentación? ¿Qué límites pones a aquello que perturba tu paz? ¿Qué porcentaje de tu tiempo dedicas a las personas y actividades que te hacen feliz?

Amor. El dinero puede comprarte personas, mas no lo que sienten por ti. Ocúpate de que en tu herencia, además de números, estén como tesoro momentos sustanciosos que sobreabunden los abrazos, los “te quiero” y las demostraciones de lo importante que han sido para ti. Dar y recibir amor es imprescindible para darle sentido y propósito a la vida, y esa sensación no tiene precio, aunque sí infinito valor.

Respeto y admiración del entorno. Puedes comprar encuestas, listados de influencia, aprobación, silencio o aplausos y reconocimiento, pero el respeto o la admiración que surgen genuinos por quien eres y como te comportas, son espontáneos y sinceros.

Tiempo. Sin duda, el recurso más valioso de todos. No hay fortuna que pueda pagar o devolver el que hemos desperdiciado. No haber dicho un “te quiero” antes de la partida, presenciar el primer gol o la función de ballet de tu hijo(a), agarrar la mano de quien amas cuando te necesita. No importa de qué marca o material esté hecho nuestro reloj; las manecillas, desafortunadamente, no giran hacia atrás.

En conclusión, el dinero es importante y necesario en nuestras vidas, pero una manera productiva de tenerlo es generar más de lo que nos hace felices, por ejemplo, un divertido día con amigos, actividades con los que amamos y, por supuesto, la valiosa gratificación que se recibe cuando somos solidarios, y a través de ello podemos aportar para impactar positivamente la vida de los demás. Ahí habremos reconocido el real valor de la riqueza.

Tania Báez es conferenciante transformacional y productora audiovisual.